Mientras caminaba acompañada de este interminable calor, un aire dobló en mi esquina y sopló como una bendición. Solamente pude cerrar los ojos, ya sabía que no permanecería por mucho tiempo, así que me limité a disfrutar.
Una vez que hubo terminado de soplar tan dulcemente, de reducir mis gotas de calor a la nada, de alborotarme la cresta y vivificar la avenida, siguió su camino y pasó de largo.
Pero no fue su abandono lo que me hizo abrir los ojos, si no un cúmulo de carcajadas sueltas que corrían a mi rededor como locas.
Estaban sin duda evidenciando lo que el viento se llevó: era mi falda.
