
Toda cura y solución se encuentra, en las radiografías que hablan sobre las entrañas de nuestras culturas. No more medicine.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Como lo habíamos soñado.
Las filas de gente crecían considerablemente por minuto, el frío no amedrentó la movilización hasta el sitio, caminando, en carro o en camión, había que llegar a como diera lugar al evento del año, por lo menos en la ciudad de los danzantes.
Aunque el concierto iniciaba a las nueve de la noche, desde las siete y media se abrieron las puertas de entrada. Como darnos paso al reino de los cielos entramos ansiosos, buscando caras conocidas y un buen asiento para apreciar el evento multitudinario.
Señores, amas de casa, jóvenes, niños, hombres de buen vestir, pandrosos, hippies, embarazadas, la mayoría vestidos para la ocasión, chamarras de cuero, pantalones ajustados, acampanados, playeras alusivas, botas, todo un jolgorio previo al recibimiento de la legendaria banda.
Afuera el vendedor de las playeras, los llaveritos, el tazón para el café, acompañando a los aún cientos de espectadores que querían entrar. Los de adentro escuchábamos a Dylan, los Beatles y no vimos cómo, pero en poco tiempo el auditorio ya estaba lleno.
Se acercaba la hora, comenzaron los gritos, la euforia envuelta en chiflidos, golpeteos en las butacas, la ya típica ola mexicana, y no faltó aquel que exclamaba “A huevo que Morrison vive”. A las nueve en punto se opacaron un poco las luces, aplaudíamos fuerte y la estruendosa “Carmina Burana” sacudió el recinto a todo volumen, poniéndonos la piel de gallina. Intuíamos entonces que los Doors estaban por llegar.
Tal como lo habíamos soñado, cuando los cantos Goliardos del siglo XII terminaron, se apagaron las luces, todos temblorosos por la adrenlina, nos pusimos de pie y en ese momento se escucho la voz con la que todos soñamos escuchar alguna vez: “Ladies and gentlemans, of los angeles California, The Doors”.
Ahí comenzó la emoción más grande que por lo menos yo, veinteañera con aspiraciones hippies y tendencias retro pude sentir. Una lluvia de recuerdos, nostalgias, alegrías bailaron desquiciados con “Roadhouse Blues”, “L.A. woman”, “Breack on through”, “Love her madly”, entre otras, cerrando fantásticamente con el himno al fuego, “Light mi fire”
Aunque el concierto iniciaba a las nueve de la noche, desde las siete y media se abrieron las puertas de entrada. Como darnos paso al reino de los cielos entramos ansiosos, buscando caras conocidas y un buen asiento para apreciar el evento multitudinario.
Señores, amas de casa, jóvenes, niños, hombres de buen vestir, pandrosos, hippies, embarazadas, la mayoría vestidos para la ocasión, chamarras de cuero, pantalones ajustados, acampanados, playeras alusivas, botas, todo un jolgorio previo al recibimiento de la legendaria banda.
Afuera el vendedor de las playeras, los llaveritos, el tazón para el café, acompañando a los aún cientos de espectadores que querían entrar. Los de adentro escuchábamos a Dylan, los Beatles y no vimos cómo, pero en poco tiempo el auditorio ya estaba lleno.
Se acercaba la hora, comenzaron los gritos, la euforia envuelta en chiflidos, golpeteos en las butacas, la ya típica ola mexicana, y no faltó aquel que exclamaba “A huevo que Morrison vive”. A las nueve en punto se opacaron un poco las luces, aplaudíamos fuerte y la estruendosa “Carmina Burana” sacudió el recinto a todo volumen, poniéndonos la piel de gallina. Intuíamos entonces que los Doors estaban por llegar.
Tal como lo habíamos soñado, cuando los cantos Goliardos del siglo XII terminaron, se apagaron las luces, todos temblorosos por la adrenlina, nos pusimos de pie y en ese momento se escucho la voz con la que todos soñamos escuchar alguna vez: “Ladies and gentlemans, of los angeles California, The Doors”.
Ahí comenzó la emoción más grande que por lo menos yo, veinteañera con aspiraciones hippies y tendencias retro pude sentir. Una lluvia de recuerdos, nostalgias, alegrías bailaron desquiciados con “Roadhouse Blues”, “L.A. woman”, “Breack on through”, “Love her madly”, entre otras, cerrando fantásticamente con el himno al fuego, “Light mi fire”
Gracias queridas puertas californianas, ácidas, transportantes…
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